Santoña en 1823: Un reconocimiento militar desde la mirada francesa.
En el contexto de la intervención francesa de 1823, conocida como la expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis, la villa de Santoña adquirió un papel estratégico en la costa cantábrica. Así lo refleja el informe elaborado por el ayudante mayor Allard, del 5º Ligero, quien fue enviado por el Estado Mayor del III Cuerpo del ejército francés para realizar un reconocimiento exhaustivo de la plaza y sus alrededores. Su memoria, redactada el 10 de septiembre de 1823, constituye un testimonio de gran valor sobre la situación militar y geográfica de Santoña en un momento crucial.
Allard describe a Santoña como una villa de apenas 800 habitantes, cuyo principal interés radicaba en su puerto y en su valor militar, más que en su actividad económica o agrícola. La tierra cultivada se reducía a los jardines del pueblo y a una pequeña zona en la ladera occidental. No obstante, según las informaciones recabadas por el oficial, la isla producía suficiente maíz y arroz para abastecer a sus habitantes, lo que garantizaba una autosuficiencia básica en tiempos de bloqueo.
La importancia estratégica de Santoña se debía, según Allard, a la labor de los franceses en épocas anteriores, quienes habían transformado la villa en un puerto seguro para abastecer a los ejércitos de Asturias y Galicia, dotándola de un sistema de fortificaciones que, en 1823, aún mantenía su funcionalidad. Entre las posiciones defensivas más destacadas se mencionaban el fuerte del Dueso, el fuerte del Mazo y la batería de La Cueva, aunque Allard señalaba que la villa en sí no estaba fortificada.
El reconocimiento detallado de las defensas costeras revelaba una disposición de baterías bastante limitada en ciertos sectores, como la zona comprendida entre el molino de agua y el fuerte de San Martín. Allí, solo existían tres baterías: una dirigida a la entrada del puerto y las lagunas adyacentes, y las otras dos cruzando sus fuegos sobre el canal de acceso, de unos 500 metros de longitud, hasta el Puntal.
En cuanto a las fortificaciones en la zona montañosa, Allard destacaba el cinturón de rocas que circundaba la península desde el fuerte de San Martín hasta la batería de La Cueva. Este sector estaba defendido por tres fuertes principales: San Martín, San Carlos y San Felipe. Los dos primeros cruzaban sus fuegos en dirección a Laredo y Santoña, mientras que San Felipe protegía el flanco expuesto al mar abierto. Además, dos garitas de vigilancia permitían controlar la costa en los sectores menos escarpados, y una batería adicional completaba la defensa marítima en la zona más oriental.
Pese a la solidez de estas defensas, Allard subrayaba la necesidad de ocupar las posiciones elevadas del Brusco y del Gromo, consideradas esenciales para un eventual asedio. El informe advertía del estado de deterioro de estas fortificaciones y de la conveniencia de destacar un contingente de 300 hombres para su defensa. Allard insistía en que un asedio regular a Santoña sería extremadamente difícil, siendo preferible, en caso de conflicto, recurrir a un bloqueo prolongado que pudiera debilitar la resistencia de la guarnición por la vía del agotamiento logístico.
El oficial francés ofrecía un análisis detallado de las posibles rutas de ataque y las respuestas defensivas previstas. Entre las hipótesis, contemplaba un desembarco enemigo en el Puntal, que sería contrarrestado por un batallón destacado en Colindres, apoyado en caso necesario por la guarnición de Laredo. Otra posibilidad sería un intento de desembarco por Cicero, operativo únicamente en bajamar, frente al cual se movilizarían las tropas estacionadas en dicho enclave, reforzadas por la población armada. Finalmente, ante la hipótesis de un ataque por Noja, las tropas francesas de Argoños estarían preparadas para desplegar dos batallones de refuerzo.
En cuanto a las comunicaciones, el informe de Allard subrayaba la precariedad de los accesos terrestres a Santoña. La villa se encontraba a tres días de viaje de Bilbao, a un día de Santander y a cinco de Burgos. La ruta a Vitoria, pasando por Laredo, Castro, Portugalete y Bilbao, se presentaba como la más directa, aunque extremadamente dificultosa para el movimiento de tropas. El trayecto entre Santoña y Laredo, que por mar apenas suponía 45 minutos, se convertía en un trayecto de seis horas por tierra, debido a la mala calidad de los caminos y al paso obligado por la zona baja del río en Treto, única conexión terrestre entre ambas orillas del Marrón.
Las comunicaciones marítimas, aunque regulares a lo largo de toda la costa cantábrica, desde Galicia hasta Bayona, podían verse interrumpidas en determinadas épocas del año por las inclemencias meteorológicas y los peligros de los arrecifes costeros. En definitiva, Allard consideraba las comunicaciones de Santoña como “muy malas” e incluso “impracticables” en muchos tramos por tierra, lo que obligaba a confiar en transportes por mar y el uso de mulas como único medio viable en determinadas rutas.
El informe concluía con un diagnóstico general sobre las necesidades de la plaza. Allard proponía reforzar las fortificaciones existentes y mejorar el sistema defensivo, reubicar los polvorines, construir más molinos (ya que la villa solo contaba con uno de agua y otro de viento, insuficientes para las necesidades de la guarnición), y fomentar el cultivo de tierras dentro de la península para garantizar la autosuficiencia alimentaria. Estas medidas no solo fortalecerían la capacidad de resistencia de la plaza en caso de asedio, sino que asegurarían el abastecimiento interno en situaciones de bloqueo prolongado.
Pese a todo, Allard era escéptico sobre el futuro militar de Santoña. La villa, decía, difícilmente adquiriría una gran relevancia estratégica, debido a su posición geográfica y a las limitaciones inherentes a su puerto, vulnerable al fuego enemigo en caso de asedio. No obstante, consideraba que Santoña podría desempeñar un papel útil como depósito de productos de la fundición de La Cavada y como lugar idóneo para establecer talleres de construcción de Artillería y Marina, contribuyendo así al esfuerzo logístico del ejército francés.
Este informe, fruto de la observación directa y del análisis militar de un oficial en campaña, revela no solo las carencias y fortalezas de Santoña en 1823, sino también la percepción estratégica que Francia tenía de esta villa costera. Una percepción que, en última instancia, marcó el devenir de Santoña como enclave militar en el complejo tablero de la geopolítica peninsular del siglo XIX.